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domingo, 16 de enero de 2011

Vivo aquí

El trozo de pizza recalentada en el microondas se descolgaba blando sobre su mano suspendida como los relojes de Dalí, pendiente de la pantalla del ordenador. Estaba furioso, pasaba de un hilo a otro del foro y nadie respondía a sus envíos. Diez de la noche de un 24 de diciembre y sólo un usuario conectado: él. Godspell no daba crédito, ¿cómo podían haber sucumbido a esa absurda tradición de cena y turrones? Él, intelectual de google y wikipedia, látigo fustigador de todo lo que oliese a rancio e incienso, se encontraba solo frente a unos hilos sin respuestas. Maldiciendo las fiestas de invierno, volvió a revisarlos.
A escasos 500 metros en línea recta sobre los tejados, los padres de Godspell cenaban esperando a que al menos los llamase.

Atasco y otras miserias

Es penosa la actitud del conductor latino, galleando en un amagar y no dar, mientras oleadas de recuerdos familiares acuden para sostener su cobardía -¡agarradme que lo mato!-. la madre mentada o los nombres de los hijos impresos en la visera del camión. Luego, la impotencia cobarde de unas manos temblorosas, la furtiva lágrima de la vergüenza y el retorno tierno al seno familiar en busca del orgullo perdido en una calle atascada, eso sí, sin dejar de imaginar frías venganzas que nunca se darán.

domingo, 17 de octubre de 2010

Nieva sobre mi rostro

No cesa de nevar, el leño da sus últimos estertores en la estufa. Solo en la taiga de mi vida me enfrento al sueño más frío, y siento miedo. Mañana ya no estaré, no seré nunca más, si es que alguna vez lo fui. Nadie sabrá qué fue lo que me trajo hasta este umbrío recodo que no conduce a ninguna parte, tampoco a mí. Castañetea mi inquietud mientras, en su despedida, chisporrotean las ascuas en el hogar, sumergiéndome en destellos rojizos de oscuridad. Cierro los ojos y ni tan siquiera acude tu rostro a despedirse. Solo y sin tu recuerdo comienzo el tránsito.

viernes, 15 de octubre de 2010

Vodafone

Te veo venir, desenfadada, y los recuerdos se me agolpan en el pecho, donde duelen. Sonríes al descubrirme.
—Hola qué tal —me dices mientras respondes al móvil.
Me indicas con tus gestos que lo sientes, mientras asisto incómodo a tu indiferencia, y a tus risas hacia alguien que nos interrumpe.
—Cuánto tiempo —confirmas mientras acudes solícita a una nueva llamada.
Violento, hago ademán de marcharme.
—No, espera —me suplicas con un gesto estudiado, mientras respondes con más risas a quien te habla esta vez.
—Es que tengo el plan 90 por 1 de Vodafone —te justificas tapando con la mano el micro.
—No, con nadie —me calificas ante la persona que te habla
—Ya te llamo yo también, otro día —te indico casi con un gesto.
Aceptas la propuesta con un mohín de desagrado.
Me alejo con el sonido de tu risa pisándome los talones.
Prefieres el calor de una pila de cadmio al susurro de mis palabras en tus oídos.

Los ojos del anciano

Sentí la punzada del arrepentimiento y un deseo cobarde de volver sobre mis pasos a la seguridad de lo cotidiano. Me contuve y esa fue mi salvación o tal vez la de ella.
La vuelta hubiese supuesto unas horas de emoción desbordada sobre las sábanas, días de tedio en el sofá, semanas de rencor separados por una puerta atrancada.
Hoy, frente al espejo, un anciano me observa. Todos mis recuerdos se agolpan en sus ojos acuosos y soy consciente de no haber sabido vivir: ella era o al menos lo creía a ratos…, no supe entender cegado por el egoísmo. Pudo haber sido…, nunca lo fue por culpa de la inmadurez que reflejan los ojos del anciano.

Otros soportales

Su portal del pecado, mi portal del deseo,
su portal del terror al fuego de sus entrañas,
soportales de mi vida, ahora desvaídos con el paso de los años.

Besos fugaces, labios apretados,
profanados por la ansiedad del que nada espera de esta vida,
más que un beso entregado a la imaginación del bajo vientre.

Ahora entiendo aquella niña jadeante de miedo y de pasión.
Ahora sé que, en la madurez de tus años,
te recuerdas en el portal como no volviste a ser nunca más,
me recuerdas como no fui jamás, y musitas mi nombre.

Mientras yo, desdibujados los recuerdos, apenas me alcanza a recordar el nombre de aquella calle.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Ocurrió

Ocurrió, y no es poco. Nadie lo esperaba, no obstante, ocurrió. El joven camarero anduvo impreciso en sus declaraciones: lo había presenciado, sin embargo, sus retinas no fueron capaces de captar el significado de lo acaecido. Nadie más había en aquel lugar capaz de aclarar lo sucedido, tan sólo un pobre ciego, que explicó lo inadvertido de aquel silencio que nada significó a sus oídos adiestrados, como era natural, a los sonidos de su más completa oscuridad. El perro, sí, el perro aulló más tarde, pero sus aullidos formaron parte de la evidencia de aquel extraño suceso.La gente acudió en un goteo constante a buscar la explicación de lo que decían había pasado, aunque de forma muy vaga. Como una marea, el lugar se llenó de curiosos. Se aproximaban al camarero que, incómodo, buscó amparo al lado del ciego y de su perro lazarillo. El gentío comenzó a ser agobiante y, entonces, volvió a ocurrir de nuevo. El perro lo advirtió antes de que el hecho sucediera una vez más, sin embargo, la gente, atenta a interpretar el silencio percibido por el ciego y la imprecisión del joven camarero, no llegó a observarlo esa segunda vez. No obstante, ocurrió, el perro parecía querer demostrarlo con sus aullidos.Nadie de los presentes fue capaz de explicar con palabras un hecho desapercibido, tampoco el periodista que, astuto, anotó en su libreta un buen titular: “Nada ocurrió con lo ocurrido”